11 de September de 2010

“CARTA AL GENERAL FRANCO” Fernando Arrabal

de CARLOS SORIANO PONCE 10 Septiembre 2010 Agregar Comentario>

París, 18 de marzo de 1971
Don Francisco Franco
Palacio de El Pardo España

Excelentísimo Señor:

Le escribo esta carta con amor.
Sin el más mínimo odio o rencor, tengo que decirle que es usted el hombre que más daño me ha causado. Tengo mucho miedo al comenzar a escribirle: temo que esta modesta carta (que me conmueve de pies a cabeza) sea demasiado frágil para llegar hasta usted; que no llegue a sus manos.
Creo que usted sufre infinitamente; sólo un ser que tanto sufre puede imponer tanto dolor en torno suyo; el dolor preside, no sólo su vida de hombre político y de militar, sino incluso sus distracciones; usted pinta naufragios y su juego favorito es matar conejos, palomas o atunes.
En su biografía, ¡cuántos cadáveres! en África, en Asturias, en la guerra civil, en la postguerra…
Toda su vida cubierta por el moho del luto. Le imagino rodeado de palomas sin patas, de guirnaldas negras, de sueños que rechinan la sangre y la muerte.
Deseo que usted se transforme, cambie, que se salve, sí, es decir, que sea feliz por fin, que abandone el mundo de represión, odio, cárcel, buenos y malos que hoy le rodea.
Quizás haya una remota esperanza de que me oiga: siendo niño me llevaron a un acto oficial que usted presidía.
Al llegar usted, entre ovaciones, las autoridades le agasajaron.
Entonces una niña, preparada para ello, se acercó a usted y le tendió un ramo de flores. Luego comenzó a recitar un poema (mil veces ensayado)…
Pero, de pronto, presa de emoción, se puso a llorar. Usted le dijo, acariciándole la mejilla:
–No llores, yo soy un hombre como los demás.
¿Es posible que hubiera en sus palabras algo más que el cinismo?
Yo no formo parte de esa legión de españoles que al finalizar la guerra civil cruzaron los Pirineos cubiertos de nieve. Como mi amigo Enrique que tenía entonces once meses. Las barrigas secas, el espanto a borbotones buscaban la cima y huían del fondo de la furia.
¡Cuánto heroísmo anónimo!
¡Cuántas madres, a pie, con sus hijos en brazos!
Luego, a lo largo de estos años, de estos últimos lustros, ¿cuántos huyeron?
¿Cuántos emigraron? Hace siglos, en tiempos de la Inquisición, vivía en Ávila una niña de ocho años. Un día tomó a su hermanito por la mano y se escapó de su casa. Recorrieron campos y montañas.
Por fin su padre consiguió dar con ella. Le preguntó:
–¿Por qué te has escapado?
–Quería irme de España.
–Pero ¿por qué?
–¡Para conquistar gloria!
–Lo mismo que dijo esta niña –Santa Teresa– hubieran podido decir tantos que se fueron: cientos de miles.
Y también los Goya, los Picasso, los Buñuel… Lo mismo hubiéramos podido decir los que en 1955 salimos de su España negra.
Para conquistar gloria, en el sentido más fascinante de la palabra.
Esa niña que se escapaba en busca del apoteosis, más tarde iba a sufrir en su carne y en su alma los golpes de la intolerancia de entonces: la Inquisición.
No vea en mí ningún orgullo. No me siento de ninguna manera superior a nadie y menos que a nadie a usted. Todos somos los mismos.
Usted debe escuchar esta voz que le viene volando por encima de media Europa, bañada de emoción.
Lo que le voy a escribir en esta carta podrían decírselo la mayoría de los hombres de España si no tuvieran sus bocas lacradas, es lo que dicen en privado los poetas.
Pero no pueden proclamar en voz alta lo que les grita el corazón. Arriesgan la cárcel.
Por eso tantos se fueron. Su régimen es un eslabón más dentro de una cadena de intolerancias que comenzaron en España hace siglos.
Quisiera que usted tomara conciencia de esta situación. Y, gracias a ello, quitara las mordazas y las esposas que encarcelan a la mayoría de los españoles. Este es el propósito de mi carta:
Que usted cambie. Usted merece salvarse como todos los hombres: desde Stalin hasta Gandhi. Usted merece ser feliz: ¿cómo puede serlo sabiendo el terror que su régimen ha impuesto e impone?
Mucho tiene usted que sufrir para crear en torno a usted la intolerancia y el castigo.
Usted también merece salvarse, ser feliz. España tiene por fin que cesar de emponzoñar a su pueblo.
¡Cuánta ceniza, cuántas lágrimas, cuánta muerte lenta entre funerales de chatarra al son de campanas podridas!
Este país era España. Sus reyes se llamaban, por ejemplo, Alfonso X el Sabio o Fernando III el Santo. Este monarca se proclamó el “Rey de las tres religiones”.
(Me siento orgulloso de llevar su nombre.) Imagínese la España de hoy aceptando las tres corrientes de pensamiento más populares en el país y apadrinándolas en toda libertad: la democracia, el marxismo y la religiosidad. Si usted delegara su poder al pueblo, ¡qué felicidad! Qué felicidad para usted. Qué felicidad para todos los españoles.
Pero la tolerancia constructiva que impregnó la Edad Media iba a cesar brutalmente. Los Reyes Católicos llegaron, expulsaron dos de las tres religiones, proclamaron el cristianismo religión obligatoria, por la sangre y por el fuego intentaron exterminar al judaísmo y al mahometanismo.
La noche más negra de la historia comenzaba en España, los quemaderos de la Inquisición se encendieron y sus intolerancias siniestras aún no se han extinguido.
Y hasta hoy reina un silencio de flores calcinadas, de interminables rejas, como un sordo enjambre de arañas en nuestros sesos. Aún en la España de hoy se sigue pudriendo en las mazmorras por delitos de opinión.
Por proclamar en alta voz el idealismo que abrasa el corazón, por pedir de la forma más sincera y pura un sistema diferente.

Fernando Arrabal

La Roma católica tiene animadversión a la filosofía, la ciencia, el teatro e incluso a la

especulación mística o teológica ajena al dogma. Ahora el principal cambio es que ya no

puede quemar a la gente en la hoguera.

La conversión al cristianismo del emperador Constantino el Grande y el Concilio de Nicea son el origen de la

vieja contradicción existente entre la nueva fe católica y el rico legado de la filosofía helénica, entre las

supuestas verdades dogmáticas envueltas en un halo de misterio y los postulados expuestos a partir de la

experiencia y el conocimiento asequibles en el tiempo en el que fueron formulados. Las primeras son por

esencia inamovibles aunque, como sabemos -y Fernando Montaña Lagos, el autor de Adiós a dios se encarga

de recordárnoslo-, la acumulación de evidencias que las impugnan obliguen a cada paso a la Iglesia a

cancelarlas a regañadientes mientras que las hipótesis derivadas del saber racional se cuestionan a sí mismas,

pueden rectificarse y progresan conforme se amplían los instrumentos científicos de que disponen quienes las

avanzan. Se puede creer y se puede conocer: cada cual es libre de escoger su camino. Pero la Iglesia -y en

general todas las religiones- ha mostrado siempre una manifiesta aversión a las verdades fundadas en la

razón y ha procurado desterrarlas con el fuego o la espada a lo largo de la historia.

El olvido impuesto al saber clásico existente en Grecia, Roma y Alejandría por sucesivos Concilios eclesiales

abrió las puertas a una ignorancia secular de su legado hasta su reaparición en la Península gracias a las

traducciones árabes y su traslado al castellano durante el reinado de Alfonso el Sabio. La entronización de

una fe única y la condena del recurso al pensamiento basado en la razón y la experiencia por parte de Pablo

de Tarso y Agustín de Hipona significó un verdadero salto mortal del que la cristiandad tardó en recuperarse

más de siete siglos.

¿Quién puede creer a estas alturas que Dios creó el mundo en seis días y, sin seguridad social alguna,

descansó el séptimo? En cuanto al parque temático en el que Adán y Eva discurrían apaciblemente sus días

hasta la irrupción de la serpiente y la tentadora manzana, ¿tiene algún viso de verosimilitud? Eva, la maldita

Eva causante de todos nuestros males por su deseo razonable de acceder al conocimiento del bien y del mal,

¿merecía el brutal castigo de la expulsión con su pareja del paraíso y la subsiguiente condena de la especie

humana al sufrimiento y la muerte? Pero la inquina de Jehová a la voluntad de saber de sus criaturas no se

limita a este tebeo profusamente ilustrado generación tras generación. Cuando mucho más tarde -no hay

cronología posible en el relato del Génesis- asiste a la construcción de la torre de Babel y comprueba

indignado que sus criaturas se arrogan la facultad de decidir y se entienden entre sí para elaborar un proyecto

común, resuelve al punto bajar a la Tierra, confunde sus lenguas y las dispersa como insectos. Lo mismo

podría decirse de la fábula del diluvio universal y el arca de Noé que, como nos recuerda el autor de Adiós a

dios, tiene claros precedentes en cosmogonías anteriores, siempre con un Dios colérico y vengativo: cuentos

de hadas, observa irónicamente Einstein, “bastante infantiles”.

Citaré para terminar este capítulo bíblico el castigo divino a las ciudades malditas del Mar Muerto, con la

sabrosa historieta de los pobrecillos ángeles, su acoso por los bujarrones sodomitas, los apuros de Lot y su

mujer convertida en estatua de sal (¡siempre la reprobadora curiosidad femenina y la misoginia que envuelve

el corpus bíblico y el de la doctrina católica!) leyenda en la que nuestra santa madre Iglesia cree a pies

juntillas.

La medicina y la astronomía fueron miradas siempre por Roma con sospecha e inquietud, como algo

contingente y ajeno a la suprema verdad revelada. La condena de la cirugía por el Papa Inocencio III con el

chistoso pretexto de que Ecclesia abhorret sanguine, mientras se enzarzaba en guerras de conquista,

perseguía con saña a los albigenses y tomaba la iniciativa de la cuarta cruzada, y lo sucedido cuatro siglos más

04/08/10 13:39Un manual para pensar en libertad

tarde primero a Giordano Bruno y luego a Galileo, quien abjuró de sus malignos conocimientos para no

perecer también en la hoguera, revelan con elocuencia la contradicción insoluble entre la fe religiosa y la

verdad científicamente demostrable.

De seguir como corderos del Señor las encíclicas papales al hilo del tiempo, continuaríamos confiando la

curación de nuestros cuerpos enfermos a la Virgen María o a los santos y curas milagreros, y pensando que

nuestro planeta es plano, ombligo del universo y que fue creado hace unos 6.000 años.

La animadversión de Roma a la filosofía, la ciencia, el teatro e incluso a la especulación mística o teológica

ajena al dogma revelado está bien probada en las actas de los Concilios. La documentación relativa a los

procesos inquisitoriales en nuestra Península es un precioso inventario de quienes se atrevieron a reflexionar

por su cuenta. Erasmo, Montaigne, Descartes, Pascal, Spinoza, etcétera, elaboraron sus doctrinas al margen y

a contrapelo de la Iglesia. Ésta conservó mientras pudo su poder de despachar al infierno a quienes juzgaba

herejes o incrédulos, pero la evolución del mundo político y cultural europeo (con la significativa excepción

hispana) redujo en la práctica el alcance de sus sentencias. A falta de ello, incluyó en el Índice de libros

prohibidos, cuya lectura castigaba con la excomunión, a los enciclopedistas y librepensadores que

propiciaron la Revolución Francesa y la Declaración de los Derechos del Hombre. “¡No puede imaginarse

tontería mayor que tener a todos los hombres por iguales y libres!”, replicó en 1791 Su Santidad Pío VI. Tras

sus desdichas (fue hecho prisionero por el Directorio revolucionario y conducido a Francia en donde murió) y

las de su sucesor (obligado por Napoleón a coronarle emperador en París) las cosas no mejoraron. León XII

exhortó a las recién creadas repúblicas de la América hispana a que abandonaran sus funestas y tenebrosas

doctrinas independentistas y a que volvieran al regazo de su amantísimo soberano Fernando VII. Como

aquejada de demencia senil -la imagen no es mía sino de Blanco White- fulminó con sus anatemas a cuantos,

fuera de su rebaño, apuntaban con el dedo a tal sarta de disparates -condena del liberalismo, de la

democracia, de la igualdad social…- y predicaban la mejora de las condiciones de vida de la sociedad civil en

vez de buscar la beatitud eterna. En vano proclamó Pío IX el dogma de la infalibilidad pontificia. Los

desatinos papales prosiguieron y cualquier lector puede consultar su larga lista a través de Internet.

Como señala el autor de Adiós a dios, la teoría de la evolución de las especies de Darwin y los avances de la

ciencia en los dos pasados siglos asestaron un golpe definitivo a la presunta infalibilidad eclesial. La condena

a quienes difunden “doctrinas y prácticas inaceptables”, esto es, de todo el progreso del conocimiento que

contradice sus dogmas en vez de creer “en el misterio de la Redención” y en “la anticipación del Paraíso y

prenda de la gloria futura” por Juan Pablo II, no convencen sino a los convencidos.

Sobre la tenaz misoginia de la Iglesia; sus negocios turbios (léase el excelente artículo del corresponsal de este

diario en Roma, La nobleza negra del Vaticano del 27-6-2010); la espectacular mercadotecnia wojtyliana; el

absurdo celibato eclesiástico; la condena indignante de los preservativos para contener la pandemia del sida;

la “guerra de Dios” contra el “proyecto del demonio” (léase el matrimonio homosexual) mientras emergen a

diario a la superficie de sus aguas pútridas los escándalos de la pedofilia encubierta de sus miembros,

etcétera, los lectores del libro de Montaña Lagos hallarán una información detallada propia de un verdadero

manual de pensar en libertad.

En un país en donde un Estado nominalmente laico mantiene los exorbitantes privilegios económicos de una

Iglesia que invoca tal vez el ejemplo de Pablo en su Epístola a los Corintios -”si nosotros hemos sembrado en

vosotros riquezas espirituales, ¿será mucho que cosechemos cosas de este mundo?”- para preservar su puesto

de primera fortuna en bienes muebles e inmuebles de la Península y tras el breve desvío de Pablo VI y del

Segundo Concilio Vaticano, vuelve a las fuentes más puras en las que bebió durante la Cruzada de Franco y

clama hoy contra la odiosa “dictadura del relativismo” por boca del cardenal Rouco Varela, los lectores de “Adiós a dios” no podrán sino compartir la certera observación de su autor: “Vivimos en un mundo nuevo ataviados andrajosamente con un ropaje moral antiguo”.

JUAN GOYTISOLO 01/08/2010 © EDICIONES EL PAÍS S.L.

Pinchad en el enlace de abajo y veréis la presentación de una nueva Optativa de la Conselleria de Educación y Cultura popular valenciana para el próximo curso.  Se está estudiando convertirla en TRONCAL-muy TRONCAL,  si supera la incompatibilidad manifiesta que mantiene con Sociología.

http://www.youtube.com/watch?v=1V7IHvD7rKU&feature=player_embedded#!

Fin de fiesta. Juan José Millás

de CARLOS SORIANO PONCE 7 Junio 2010 1 COMMENT

A ver si lo hemos entendido bien: tenemos, como reino y como individuos, una deuda que nuestros acreedores desconfían de cobrar. Es cierto que nos prestaron el dinero sin exigir garantías, como si buscaran, justamente, lo que está sucediendo, pero eso ahora no importa. Lo que importa es que los prestamistas, preocupados de súbito por nuestra insolvencia, envían a sus matones financieros con el siguiente mensaje: reduzcan, para pagar lo que nos deben, su nivel de vida o les rompemos las piernas. Como ya hemos visto otros países con las piernas rotas, y resulta un espectáculo sobrecogedor, obedecemos sin rechistar, y a toda prisa. Menos medicinas, menos enseñanza, menos justicia, menos cheques bebés, menos leyes de dependencia, menos autopistas, menos trenes, menos pensiones, menos salario, menos indemnizaciones por despido, menos salir a cenar, menos alegrías.

Pero al ejecutar la operación advertimos con espanto que la reducción del nivel de vida que nos exigen provoca menos trabajo, menos crecimiento, menos ingresos y, por tanto, más déficit, es decir, más deuda y más dificultades para hacernos cargo de ella como personas responsables. La situación es idéntica a una de esas pesadillas en las que corres sin avanzar, caes sin caer, subes las escaleras sin llegar nunca a la azotea o, peor aún, descubriendo que la ascensión conducía al sótano. Parece que lo que buscan a toda costa nuestros prestamistas es una coartada para rompernos las piernas. La economía es una disciplina complicada, y cruel. Personalmente, no la entiendo, pero tampoco escucho nada inteligible a los expertos. ¿Dónde empezó todo? ¿Es rentable el negocio de la ruptura de piernas? ¿Quién nos ha entrampado de esta forma? ¿Sabían los políticos que nos han gobernado durante los últimos 20 años que la fiesta terminaría de este modo?

EL PAIS, 04-06-2010

Vidriera in-oportuna

de CARLOS SORIANO PONCE 1 Junio 2010 3 COMMENTS

  • El tiempo en la antigua India
  • El tiempo para la antigua Grecia
  • El tiempo en la antigua Roma
  • El tiempo en la Edad Media
  • El tiempo en el mundo moderno
  • El tiempo en el mundo contemporáneo
  • Bibliografía

La concepción del tiempo ha ido variando a lo largo de la Historia, se ha interpretado y comprendido de muy variadas formas, en constantes avances y retrocesos.

En las primeras culturas, tal como enseñó Mircea Eliade, el gran investigador de las religiones y tradiciones antiguas, existía un tiempo cíclico, marcado por ritos periódicos en relación con los procesos de siembra y cosecha, por los solsticios y ritmos significativos del sol y de determinados astros, por festividades religiosas periódicas, por celebraciones que emulaban el origen o fundación de su cultura. El tiempo, como medida, no tenía valor.

Para la mentalidad clásica todo fluye, todo está en constante movimiento, nada en el Universo puede detenerse, todo vibra, todo camina, y el propio hombre como parte integrante de la naturaleza no puede sustraerse a participar de esa danza cósmica. De esta visión participaban tanto los egipcios como los griegos, pero la hallamos mucho antes expresada en la India milenaria.

EL TIEMPO EN LA ANTIGUA INDIA

Para el pensamiento hindú, el hombre está sometido a las leyes naturales, y por ello es un ser que se ve sometido a cambios rítmicos, a ciclos que le llevan a pasar por vaivenes y altibajos, tal como se suceden y renuevan las estaciones, tal como se repiten las etapas de las grandes lluvias y de sequía. En cada etapa, en cada ciclo individual e histórico, el hombre comprenderá parte de su verdad.

La concepción hindú, que integra la idea de la reencarnación como necesidad de que el hombre se ponga a prueba y ejercite, a lo largo de innúmeras vidas y en diversas circunstancias y experiencias aquello que sueña, aquello que desea, hasta forjar en sí mismo una realidad más profunda y evolucionada, pareciera que ve al hombre como quien se desplaza sobre los acontecimientos y civilizaciones, aunque en el fondo concibe al tiempo como algo que corre bajo sus pies, de modo que las experiencias que se suceden en esta vida o en varias sirven a la comprensión profunda de la conciencia imperecedera del hombre interior, aquel que somos más allá de los ropajes que vamos adquiriendo en cada vida particular.

Para la mentalidad hindú, reflejo de una concepción filosófica oriental, más allá de lo cambiante, más allá de las edades (yugas) por las que atraviesa el hombre y las civilizaciones hay algo permanente, que es el verdadero ser; por lo tanto, lo cambiante está sometido al paso del tiempo, al desgaste de las formas y de la materia, pero lo imperecedero, el ser interior en el hombre, está anclado en un mundo eterno o más bien atemporal.

EL TIEMPO PARA LA ANTIGUA GRECIA

Según Platón «el tiempo es la imagen móvil de lo eterno», por lo tanto al expresarse en éstos términos podemos entender que no lo concebía como una dimensión estática y meramente objetiva. Platón recoge las ideas de otro gran iniciado, Parménides, pues las fuentes de su formación fueron las mismas: las antiguas Escuelas de Misterios. Admiten ambos por lo tanto la existencia de la eternidad, aunque ella está en relación con el «ser» o la esencia de los seres y objetos, en tanto que «la apariencia» de los mismos está en relación con el mundo de lo «temporal». El ser pertenece al mundo de las ideas, en tanto que nosotros tan sólo captamos las apariencias de las cosas, su existencia en el mundo sensible o manifestado.

Platón y Parménides creen en un mundo gradual, con múltiples niveles de plasmación o de realidad. El espíritu precisa del cuerpo para manifestarse, pero ambos, como toda la sabiduría tradicional, dan más realidad al espíritu que al cuerpo, en contra de la visión actual, y entre ambos hay una gradación de niveles de comprensión, de conciencia, que ha de retornar al hombre a descubrir su esencia.

Pero si esto es así, el tiempo como medida de lo cambiante tan sólo es necesario en el mundo de la existencia. Por ello Platón proponía un uso del día equilibrado, en el que además del negocio no faltaban los placeres del alma, los «divinos ocios», en que el teatro, la pintura, la oratoria, la lectura, etc., es decir, la formación profunda del alma hallara su alimento diario. Según Platón una cuarta parte del día debiera ser destinada a dormir, una cuarta parte al trabajo, una cuarta parte a la comida, la higiene y similares menesteres, y una cuarta parte a los divinos ocios.

En el mundo de las esencias, de las Ideas, de lo inteligible, que tan sólo podemos atisbar con la inteligencia (que no es la mera razón) nada es cambiante, y por tanto no está sujeto al paso del tiempo, allí tan sólo cabe una eternidad inimaginable para el nivel de nuestra conciencia actual.

Para Aristóteles (del cual puede decirse, sin restarle otros méritos, que su mayor desacierto fue el irse apartando de las concepciones de su Maestro), el tiempo va ligado a la existencia de los cuerpos, y mide su movimiento desde un estado «anterior» a otro «posterior», tal vez porque le preocupaba más definir el mundo de lo sensible que de lo inteligible. Según su concepción, sin cuerpos en movimiento no habría tiempo, pues el movimiento de los cuerpos permite comprender el paso sucesivo de un estado a otro, del pasado al presente, y de éste al futuro.

Pero la ambigüedad de las teorías de Aristóteles lejos de aportar un conocimiento no resuelve el problema del tiempo, sino que ofrece una nueva especulación, por eso es tan admirado en nuestra época actual. Necesita medir el tiempo, y por lo tanto lo asocia a un número. Necesita dividirlo en unidades y por lo tanto habla de instantes. Necesita que alguien lo mida y por tanto está en relación a un alma que lo capta, y por ello aún estando ligado a un movimiento físico, a un número, precisa de una captación psicológica del mismo, y por ello no acierta a definir si el tiempo es un ser o un no-ser. En el fondo se ve empujado a darle la razón a Platón ya que el tiempo es a la vez algo numérico y fijo y algo sensible y capaz de ser captado por un alma.

EL TIEMPO EN LA ANTIGUA ROMA

Los romanos dividían el tiempo en «ocio» y «negocio». Por una mala comprensión de su concepción vivimos inmersos en un mundo que todavía ve en el trabajo una maldición bíblica, y aún el tiempo se desea para un uso prioritariamente lúdico y festivo, pero perdemos de vista que el tiempo a la vez es la materia con que se teje la plasmación del ser interior. Tener tiempo no es tan sólo disponer de él para la holganza, para el ocio, sino disponer equilibradamente de él para la propia formación.

Según expresa Séneca, en su libro «De la brevedad de la Vida» (Tratados morales) aleccionando a aquellos que temen morir jóvenes, o se apegan demasiado a la vida, «el pasado» ya no es nuestro pues lo poseemos tan solo en el recuerdo; «el futuro» aún nos es desconocido, por lo tanto, «el presente» es lo único de lo que disponemos, pero éste es tan fugaz como un instante. Para este gran filósofo, el tiempo no tiene valor sino en cuanto se hace buen uso del mismo, y aquellos que se lamentan de la brevedad de la vida son los mismos que despilfarran su contenido en vaguedades.

Cicerón, siguiendo la máxima «tempus fugit» y la practicidad romana afirmaba que «cada momento es único», y así el tiempo individual se engarza con un tiempo histórico, un tiempo colectivo que mide el paso y la plasmación de la humanidad en un determinado momento histórico. Para su concepción pragmática e histórica el hombre tiene un destino concreto que descubrir y realizar para poder llegar a «ser», y si no alcanza a realizarlo «deja de ser», pues habría desperdiciado su tiempo, su posibilidad histórica de plasmarse y dejar un legado para el porvenir. Su visión no es la de un mundo tan sólo individual, sino de realizaciones colectivas, y su concepción es la de un compromiso histórico que llevó al mundo romano a reunir culturas, religiones, idiomas, intereses, bajo un ideal común.

La doctrina cristiana se apoyó en el aristotelismo relacionando el tiempo con el movimiento, y como todo movimiento tiene un final, quedó de este modo ligado el tiempo a la concepción del fin del mundo.

EL TIEMPO EN LA EDAD MEDIA

Para la Escolástica cristiana desde el comienzo de la creación hasta el fin de los tiempos, con la nueva venida del Mesías, el tiempo discurre como en una línea recta, sin ciclo alguno, y los hombres viven en un tiempo terreno, no autónomo sino creado, pudiendo llegar algún día a alcanzar la eternidad en la que se halla Dios. La eternidad es como un fondo estrellado, distante e inmóvil, pero alcanzable para el hombre que tiene fe. El tiempo lineal da un aliento de esperanza al creyente, pues al final de la larga escalera temporal ésta siempre le llevará a la cúspide de la merecida eternidad. Para la fe cristiana el hombre es un ser trascendente y la vida no es más que un estar de paso.

Para San Agustín, en cambio, más deudor de la corriente neoplatónica y de Plotino, el tiempo tiene una componente psicológica, «es la vida del alma» porque el pasado aún existe dado que podemos recordarlo; el futuro también tiene cierta existencia pues podemos anticiparnos a lo que sucederá, y el presente obviamente existe.

El tiempo dejó de ser algo objetivo o psicológico para ser marcado por los ritos, los rezos y las festividades eclesiásticas que, continuando lo que se había hecho en la antigüedad creaban un ritmo cíclico que se repetía cada año, acercando la conciencia en una espiral creciente hacia una captación trascendente. Así la idea de un tiempo lineal en lo teórico dio paso, en la práctica, a un tiempo cíclico que se repite eternamente tal como concebían las culturas milenarias y ancestrales.

EL TIEMPO EN EL MUNDO MODERNO

A partir de aquí, en cambio, tras la aparición del reloj mecánico en el siglo XIV y los primeros pasos científicos en el siglo XV, desaparece una visión subjetiva del tiempo, y es a partir de Galileo y Newton cuando la mecánica clásica lo concebirá como un valor matemático, como algo fijo, absoluto y medible, que puede conocerse por experimentos, cuya realidad no precisa relacionarse ya con el movimiento para ser medida, y que existe desde el fondo de los tiempos hasta la eternidad, como algo ilimitado e inamovible, constante como un tic-tac que no pudiera parar.

Ya en el mundo moderno, E. Kant afirma que el tiempo no tiene una realidad fuera de nuestra mente, nosotros somos los que ordenamos nuestras percepciones del espacio y de los objetos según una sucesión temporal propia y subjetiva, que ya existe a priori en nosotros, y que no comprendemos por experimentos o por la experiencia, sino que es una intuición pura previa a la sensibilidad que capta el entorno. Del mismo modo que comprendemos lo que está arriba o abajo, relacionamos los acontecimientos en un antes y un después de modo natural.

Para Hegel, como idealista, el tiempo ya no se considera como un valor ni un marco fijo e inamovible, sino como un camino a través de lo temporal, un devenir que percibe la propia conciencia del hombre y de las civilizaciones para ir acercándose a plasmar la Idea, el Espíritu.

Tal como ya hiciera Cicerón, en contra de las corrientes positivistas que niegan un valor real al ser humano para considerarlo como masa, aparece una nueva revalorización del tiempo personal como imbricado en una realidad histórica; así, filósofos como Hegel, y otros más recientes como Ortega y Gasset, Spengler, Toynbee y Dilthey, han relacionado el «tiempo individual» con un «tiempo colectivo», han anudado el tiempo a la concepción de la historia, recalcando que el hombre en lo colectivo es un ser histórico que no puede vivir de espaldas a su época. Han profundizado en la necesidad de una conciencia histórica del hombre, pues veían en la Historia las huellas que deja en la arena del tiempo ese gran ser vivo que es la Humanidad de camino hacia su propia realización. Han concebido una Historia como experiencia acumulada para lograr unos frutos y plasmar el mejor de los destinos posibles, a la manera ciceroniana. El tiempo colectivo se mediría así por la plasmación conjunta de culturas y civilizaciones, eterna lucha cíclica, espiralada, plagada de altibajos en pos de una conquista global de valores y vivencias humanas.

Fue Toynbee quien, –demostrando que la historia es cíclica, que la humanidad ha visto sucesivas culturas que han pasado por etapas similares de esplendor o por reiterados medioevos, y que las formas gastadas parecen retornar con fuerza, con el empuje de lo novedoso pasados unos años,– preparó la idea desarrollada por Mircea Eliade de que el tiempo está sometido a un «eterno retorno».

EL TIEMPO EN EL MUNDO CONTEMPORÁNEO

Llegados a nuestra época contemporánea, y como único fruto posible de un mundo frío y mecánico, las ideas sobre el tiempo pasan por personajes como Heidegger y su postura de que el tiempo del hombre es limitado, pues «es un ser para la muerte», un ser temporal. Para él, el tiempo no es como un fondo fijo y preexistente, sino algo que concibe el propio ser por el carácter de temporalidad que tiene, pues su mayor posibilidad es la muerte.

Pero es el filósofo francés Henri Bergson quien planteó claramente la subjetividad del tiempo, dando un salto cualitativo en las concepciones anteriores. Para él, hay un tiempo uniforme, objetivo y continuo, del que podemos medir su duración mediante los relojes, y hay un tiempo auténtico -el único verdadero-, que tiene una «duración real» que conforma la propia vida interior.

Frente a la mentalidad positivista que cree tan sólo válido lo que puede ser mensurable, y que estructura los campos del saber en torno a una visión experimental, excesivamente materialista y determinista, en la que la ciencia adopta el papel de tabú, Bergson contrapone su visión de un tiempo no externo, no falseado, que mide la vida interior de la conciencia. Para las ciencias, el tiempo (t )es una magnitud concreta de valor positivo o negativo (+t ó -t) pero el tiempo que comprende nuestra intuición no es estático sino dinámico, no señalado por magnitudes fijas, sino más cualitativo que cuantitativo, no determinado sino fruto de nuestra libertad de sentir.

Pero la verdadera revolución en las concepciones sobre el tiempo se debe a la genialidad de Albert Einstein, al introducir su concepto del espacio-tiempo.

A partir de Einstein y su teoría de la Relatividad general, el tiempo ya no es una magnitud absoluta sino relativa que varía en función de quién y bajo qué circunstancias se mida. No es tan sólo que la percepción subjetiva que tenemos de la duración de un acontecimiento sea variable, sino que como magnitud física el tiempo es variable, está también en función del sujeto que la experimenta, dependiendo de la velocidad a la que se mueve, y en relación con la masa de los objetos, de la posición estática o en movimiento de quien lo mide, de su posición cercana a una masa gravitatoria o alejada de ella, y en todos estos casos precisos relojes marcarán desfases constatable, aún siendo pequeñísimas fracciones de segundo.

Así, son hechos ya constatados que el tiempo transcurre más lentamente si se mide cerca de una gran masa gravitatoria (en un rascacielos los relojes situados en la planta baja van más lentos que los situados en las últimas plantas). El tiempo a grandes velocidades (próximas a la de la luz) también se ralentiza. Einstein terminó con la concepción de un tiempo absoluto.

La ciencia contemporánea comenzó entonces a trabajar con dimensiones más allá de nuestro espacio físico. Se comenzó a hablar de hiperespacios con decenas de dimensiones y a calcular matemáticamente sus intrincadas ecuaciones, que permitían desarrollos de las propiedades físicas existentes en ellos, aunque no siempre fueran fáciles de comprender sus resultados, por la dificultad de imaginarlos.

La concepción del mundo se hizo más holística, como apuntaba Fritjof Capra e Ilia Prigogine, y las ciencias exactas se acercaron a las humanidades.

Científicos como Roger Penrose y Stephen Hawking desarrollaron las ideas básicas de Einstein, y así se comenzó a hablar de los agujeros negros como de posibles puertas hacia otras formas de materia o de antimateria, si se pudiera salir vivo de su tránsito. Se investigaron las concepciones de Einstein y Rosen sobre la posible existencia de puentes entre puntos distantes de nuestro universo, como agujeros de gusano, que podrían ser también pasos hacia otros universos paralelos, hacia otros mundos ya fueran simultáneos o regidos por otras medidas de tiempo, y se investigaron los posibles puentes hacia otras dimensiones no tan sólo físicas sino concienciales.

Cuando Gamow lanzó la idea del origen del universo a partir de una primera explosión, del big-bang, se planteó también la idea de que todos los acontecimientos anteriores a él no pueden tener relación con nuestro espacio-tiempo. El tiempo comienza para nosotros en el momento en que sucede el big-bang, hace unos 15.000 millones de años, y a partir de ahí el universo comenzó a expandirse y a existir.

¿Qué hubo antes de ese inicio? Tal como afirma S.Hawking, poco podemos decir de lo que ocurrió antes, o en el mismo momento en que comenzó nuestro tiempo, pues antes de esa singularidad, en que el universo era como una masa muy densa y caliente, el concepto de tiempo no tiene sentido para nosotros.

Bibliografía:

q      Misticismo y Física Moderna. Michael Talbot. Ed. Kairós.

q      Viaje a la Ciencia. Isaac Asimov. Ed. Tikal.

q      Filosofía. E. Benlloch y C. Tejedor. Ed. S.M.

q      Ciencia y Conciencia. Abelardo Fdez. Espacio y Tiempo S.A.

q      De los Átomos a los Quarks. James S. Trefil. Biblioteca Científica Salvat.

q      El enigma del Tiempo. Joan Forman y otros. Futuro/Círculo.

q      Historia del Tiempo. Stephen Hawking. Ed. Crítica.

Ramón Sanchís
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En 1956, Dolores Medio escribió “Funcionario público”, novela desgarrada
donde se narran las penurias de Pablo Marín, funcionario atado a un sueldo
mísero que malvivía en un cuartucho junto a su mujer.

Tras las décadas siguientes de desarrollo, la figura del empleado público casi indigente,
trasunto del cesante de novelón galdosiano, fue poco a poco hundiéndose en el olvido.

Pero en los últimos días, la cloaca política y mediática neoliberal ha babeado de placer
ante los ecos de una posible congelación salarial a los funcionarios. Sin embargo, nada
sería más injusto que pasar la factura de la crisis a este colectivo.
Así, en los momentos de hervor económico y ladrillazo, un encofrador podía duplicar el
sueldo de un Técnico Superior de la Administración, y para conseguir que un albañil
viniera a casa había, poco menos, que apuntarse en una lista de espera y cruzar los
dedos.

Mientras los funcionarios perdían poder adquisitivo y realizaban malabarismos contables
con el sueldo, miles de paletos de eructo, puti club y caspa montaban una constructora y
juntaban billetes de quinientos euros como cromos. Legiones de jóvenes abandonaban los
estudios y dejaban sus libros escolares criando polvo mientras se pavoneaban en coches
refulgentes… ¿los funcionarios? Unos “pringaos, hombre, unos “pringaos”… ¿para qué
estudiar?, ¿para qué invertir?, ¿para qué innovar?…

“España va bien”.

Y mientras tantos celebraban sus ganancias entre cubatas, risas, rayas de coca y “España
va bien”, miles de hombres y mujeres habían inmolado sus mejores años junto a una taza
de café cargado, un flexo y un temario de oposiciones. Con los codos clavados en una
mesa, viendo la vida desfilar a través del claroscuro de un ventanal, a la espera del
momento crucial y temible de los exámenes.

Pues bien, ahora resulta que, según los neoliberales, los efectos de aquellos excesos han
de pagarlos los “privilegiados funcionarios”, precisamente el colectivo que apenas se
benefició del auge económico y que, por supuesto, no provocó la crisis.
Según ese planteamiento no pidamos cuenta a las entidades bancarias que prestaron
dinero sin las debidas garantías. No pensemos que las ganancias obscenas de la
especulación acabaron en paraísos fiscales. No indaguemos en ayuntamientos y
comunidades que dilapidaron millones encargando obras absurdas que enriquecieron a
empresarios. No, no… todo esto que lo paguen los funcionarios.

Sí, los funcionarios, aquellos “pringaos” durante los años del falso esplendor económico.
Sí, el juez que sacrificó como poco cinco años en una oposición terrorífica (aparte de los
cinco de carrera) para ganar menos que muchos fontaneros. Sí, los miles de opositores
que hubieron de recurrir al Lexatín, el policía que se juega la vida por mil quinientos euros
mensuales, el auxiliar que no gana más de novecientos… ¡resulta que estos han de pagar
la crisis y son unos “privilegiados”!

Gustavo Vidal Manzanares es jurista y escritor

Cuarenta años de diferencia

de CARLOS SORIANO PONCE 15 Mayo 2010 1 COMMENT
Escenario: Tienes que hacer un viaje en avión.
Año 1969: Te dan de comer, de beber y los periódicos que quieras. Todo servido por azafatas espectaculares.
Año 2009: Entras en el avión abrochándote el cinturón de los pantalones que te han hecho quitar para pasar el control, te sientan en una butaca en la que si respiras profundo le metes el codo en el ojo al de al lado y si tienes sed el azafato te ofrece una carta con cuatro latas a precio de oro. Si protestas, cuando aterrizas te meten el dedo por el culo para ver si llevas drogas.

Escenario: Manolo tiene pensado ir al bosque después de clase. Al entrar al colegio le enseña una navaja a Pancho con la que pretende hacer un tirachinas.
Año 1969: El subdirector lo ve y le pregunta donde la ha comprado. Le enseña la suya, que es antigua, pero mejor.
Año 2009: La escuela se cierra. Llaman a la policía, que se lleva a Manolo al reformatorio. Antena 3 y Tele cinco presentan los informativos de las 15:00 desde la puerta del colegio.

Escenario: Disciplina escolar
Año 1969: Haces una putada en clase. El profesor te mete dos hostias. Al llegar a casa tu padre te arrea otras dos.
Año 2009: Haces una putada. El profesor te pide disculpas. Tu padre le monta un pollo al profesor y a ti te compra una moto para el disgusto.

Escenario: Fran y Marcos se reparten unos puñetazos después de clase.
Año 1969: Los compañeros los animan, Marcos gana. Se dan la mano y terminan siendo colegas.
Año 2009: La escuela se cierra, Tele cinco proclama el mes antiviolencia escolar. El periódico 20 minutos dedica cinco columnas al asunto y Antena 3 aposta de nuevo a Matías Prats en pleno temporal frente a la puerta del colegio para presentar el telediario.

Escenario: Luis rompe el cristal de un coche en el barrio; su padre saca el cinturón y le pega unos buenos latigazos con él.
Año 1969: Luis tiene más cuidado la próxima vez, crece normalmente, va a la universidad y se convierte en un hombre de negocios con éxito.
Año 2009: Arrestan al padre de Luis por maltrato a menores. Sin la figura paterna, Luis se une a una banda. Los psicólogos convencen a su hermana de que el padre abusaba de ella y lo mantienen en la cárcel de por vida. La madre de Luis se enrolla con el psicólogo. Mercedes Milá abre la final de Gran Hermano con un discurso relativo a la noticia.

Escenario: Juan se cae mientras echaba una carrera y se araña en la rodilla. Su profesora, María, se lo encuentra llorando al borde del camino. María lo abraza para confortarlo.
Año 1969: Al poco rato, Juan se siente mejor y sigue jugando.

Año 2009: María es acusada de perversión de menores y se va al paro. Se enfrenta a tres años de cárcel. Juan se pasa cinco años de terapia en terapia. Sus padres demandan al colegio por negligencia y a la profesora por trauma emocional, ganando ambos juicios. María, en paro y endeudada, se suicida tirándose de un edificio. Cuando aterriza, lo hace encima de un coche y también rompe una maceta. El dueño del coche y el dueño de la planta demandan a los herederos de María por destrucción de la propiedad. Ganan. Tele cinco y Antena 3 producen juntos la película y definitivamente el plató de los informativos ya queda emplazado en medio de la calle..

Escenario: El fin de las vacaciones.
Año 1969: Después de chuparse una caravana del copón con toda la familia metida en un seiscientos tras un mes de vacaciones en un apartamento cochambroso de la costa, se terminan las vacaciones. Al día siguiente se trabaja y no pasa nada.
Año 2009: Después de volver de Cancún, en un viaje todo pagado, la gente sufre trastornos del sueño, depresión y amenorrea.

Conclusión: Nos hemos vuelto gilipollas.

La Constitución no es irreformable y en ella misma está estipulado el procedimiento a seguir para hacerlo.

Los constituyentes estaban convencidos de que no eran infalibles y de que la obra del tiempo
podría aconsejar a otros representantes del pueblo introducir correcciones, para ponerla al día.
En estos más de 30 últimos años la Constitución, interpretada flexiblemente, nos ha dado el periodo
más largo de libertades democráticas habido en la turbulenta historia de España. Con ella han
funcionado gobiernos de izquierda y de derecha. Hasta que el Partido Popular cambió su forma de
hacer oposición en el cuadro de un sistema parlamentario, como se hacía en los tiempos que lo dirigía
Manuel Fraga, por las formas crispadas y escasamente parlamentarias adoptadas por el señor Rajoy y
su mentor, el presidente de la FAES.
Con estas líneas, escritas al conocer la experiencia del tratamiento del Estatuto de Cataluña por el
Tribunal Constitucional (TC), yo haría una demanda al diputado que ocupe el escaño que tuve
durante tres legislaturas -incluida la Constituyente- para que, si tiene una significación política
parecida a la mía, fije la atención en el Título IX y proponga su modificación. Temo que esta petición
provoque la ira de no pocos juristas porque apunta a la desaparición del TC.
En estos días he llegado a pensar que en aquellas Cortes hubo demasiados profesionales del Derecho,
enamorados de su oficio, que contribuyeron -lo digo con todos los respetos- a que incurriéramos en
contradicción al elaborar la Constitución. En ésta se inscribe un principio fundamental de origen
republicano, que hoy han asumido las monarquías europeas modernas: el principio inalienable de la
“soberanía popular”, al proclamar que “todos los poderes emanan del pueblo”. En el caso que inspira
esta reflexión se han cumplido -como recordaba recientemente el profesor Pérez Royo- todos los
trámites que prescribe la Constitución, para elaborar un Estatuto: hubo un proyecto elaborado por el
Parlamento catalán, aprobado después por las Cortes y sometido a continuación a un referéndum
aprobatorio de los catalanes. Además, ha funcionado durante cuatro años sin que se rompa la unidad
del Estado español ni se creen problemas más graves que los recursos presentados por el PP y por el
Defensor del Pueblo, cuya mentalidad centralista -dicho también con el máximo respeto y desde la
amistad que me une desde hace muchos años al titular del cargo- es sobradamente conocida.
Me asombra la información de que por lo menos una parte del TC encuentre contradicción entre
“nacionalidad” y “nación”. En países en que este problema fue tratado ampliamente por pensadores y
dirigentes políticos, como los imperios austro-húngaro y ruso, hay una amplia cultura sobre el tema y
considerable bibliografía. Y se ha logrado establecer de manera indudable que una nacionalidad es
una nación que por razones históricas determinadas no ha llegado a constituirse en Estado. Yo no
entiendo cómo en España algo tan elemental no acaba de entenderse por personas cultas, y, aún más,
no entiendo que en el diccionario de la Academia no haya una acepción, entre las varias que se dan
del término “nacionalidad”, que aclare este aspecto.
Más allá de esto, la experiencia de que hablo me lleva a plantearme otra cuestión: si el principio
fundamental de la Constitución establece que la soberanía pertenece al pueblo y el órgano de esta
soberanía es el Parlamento, ¿tiene sentido que un grupo de juristas, por muy reputados que sean,
posea autoridad para anular o modificar lo que ha aprobado el órgano de la soberanía popular? ¿No
significa eso la anulación de la soberanía popular?
En el caso del Estatuto de Cataluña, me parece una falla que el TC esté pretendiendo anular una
decisión del Parlamento. Y que si esto prospera, en España pueda producirse una ruptura, más peligrosa aún en periodo de profunda crisis económica.
Cuatro años de deliberaciones, varios plenos del TC sin llegar a un acuerdo, para desembocar, según
parece, en tres posiciones distintas, desaconsejarían meterse en más negociaciones. Creo que
negociar consensos es más una tarea de políticos que de magistrados. El TC daría una prueba de
sabiduría reconociendo que en estas circunstancias lo mejor es dejar las cosas como están, habida
cuenta que la práctica de estos últimos cuatro años de Estatuto catalán no ha sido negativa.
En la II República el TC fue un fracaso. Y ese fracaso también comenzó por el “problema catalán”. En
1934, el TC anuló injustamente, a causa del poder de los terratenientes en el Bienio Negro, la Ley de
Arrendamiento Rústico de la Generalitat. Fue el principio de un conflicto innecesario que quizá esté
en el origen de la posición del Gobierno catalán en octubre de ese año. Por cierto, el pueblo de Madrid
llevó a cabo una formidable huelga general contra esta decisión del TC y en solidaridad con Cataluña,
una solidaridad que hoy se echa de menos.
Un día, cuando las condiciones sean favorables y se acometa la tarea de la reforma constitucional,
debería abordarse la cuestión de si el TC debe mantenerse, de si no termina siendo una negación de la
soberanía popular. Un órgano semejante en EE UU, el Tribunal Supremo con mayoría republicana,
fue el que tras unas elecciones dudosas otorgó la presidencia del país a Bush, con las consecuencias
catastróficas conocidas.

Un manual para pensar en libertad. Juan Goytisolo

La Roma católica tiene animadversión a la filosofía, la ciencia, el teatro e incluso a la
especulación mística o teológica [...]

Mujer – sexualidad y mal en la Filosofía

http://espaciofeminista.blogspot.com/2007/05/mujer-sexualidad-y-mal-en-la-filosofia.html

Las faltas de ortografía …

Tomado del Homenaje al  III Congreso de la Lengua
Española.
Señores: Un servidor
Pedro Pérez Paticola,
cual la Academia Española
“Limpia, Fija y da Esplendor”.
Y no [...]

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